ANOCHE




Anoche mientras me quedaba dormida sentí el peso de la noche sobre mí. No es que estuviera demasiado cansada, que también. Es que sentí toda la noche sobre mí, solo eso, no sé bien como explicarlo, la percibí cayendo sobre mis párpados, hundiéndose en mi garganta, deslizándose sobre mi pecho, penetrando en mi coño, acunándome desde dentro….

Sentí como mi mente se iba quedando en negro como cuando alguien borra la tiza de una pizarra, advirtiendo como todas mis palabras y mis hechos se iban deshaciendo bajo el secreto de la noche, y cómo todo mi cuerpo se incluía en esa debilidad definitiva. He notado mis piernas relajadas, mis brazos vencidos yaciendo sobre la cama, mi espalda flotando sobre el colchón, todo mi cuerpo aflojado y distante pero maravillosamente integrado a mí. He podido sentir como latía mi corazón y como mi sangre se ha deslizado por dentro de mis venas como parte de un dispositivo extraordinario capaz de funcionar ajeno a mí.

He querido inventarme y he volado dentro de mi cabeza sobre el mar para finalmente sumergirme en él, mis brazos me abrían el paso entre el agua salada, buceando entre burbujas y peces de colores, y después de un rato me he quedado dormida. Le buscaba a él en mis sueños. A él en el océano, entre las algas, entre bancos de peces, si extendía las manos casi podía alcanzar su piel. A él y su sonrisa maliciosa, a él y sus ojos profundos observándome dormida, vulnerable, traspasando una maciza cortina de agua, a él y su deseo cayendo sobre mí como una ola inmensa, empapándome…

En un estado profundo de inconsciencia he sentido un tacto húmedo y tibio entre los dedos de mis pies. Me he sumergido aún más en ese mar de nadie. Esa caricia fresca ha ido ascendiendo por mis piernas, cosquillas ardientes me trepaban al tiempo como anémonas entrenadas para despertar mi lujuria. Algo fuerte me ha sujetado los muslos hundiéndose en mi carne para transformarse poco a poco en un roce gustoso, candente, libidinoso…

He sentido que mi sexo comenzaba a chorrear. Un rastro acuoso alcanzaba mi vulva impregnándola por completo, sentía el frescor de aquella cosa mojada y el calor de mi agujero expandiéndose hacia dentro… En mi cabeza haces de luces se han disgregado dispersándose como medusas de colores hacia todo mi cuerpo. Un escalofrío me ha atravesado la columna. He apretado contra mis muslos el origen de mi lubricidad y me ha parecido oír un gruñido en mi coño ardiendo. Entonces se ha detenido y ha vuelto a acariciarme los muslos, deseaba que su tacto volviera a la lúbrica caricia de mi vulva. Lo deseaba con desesperación, con ansia. Me he quedado expectante. Y ha vuelto a hundirse dentro de mí con violencia. Quería que lamiera mi clítoris, lo necesitaba, pero aquella cosa me estaba haciendo esperar a propósito. Quería desesperarme. He levantado las caderas. Estaba tan emputecida que he gritado entre sueños: “Necesito que me comas el coño”. Entonces he podido verle.

Estaba amarrado a mí. Asaltando mi raja, escondido entre mis piernas, en silencio, parecía un ladrón de tumbas profanando mi sueño. Encontrarle así, abrazado a mis caderas, entre mis muslos, con el único propósito de darme placer, de hacerme de agua, ha despertado mi ternura. Su lengua lamía lentamente los labios de mi coño con el silencio como aliado para conseguir que sus jadeos y los míos se hicieran enormes. Subía lentamente de un extremo a otro de mi sexo y volvía a caer delicada sobre mi vulva bañándola por completo de saliva. Ha convertido mi coño en una poza inagotable de lujuria. Sus manos subían y bajaban por mi cuerpo, acariciándome, haciéndome cosquillas, pellizcando suavemente mis pezones. Yo estaba cada vez más y más excitada. Levantando mi coño hacia su cara, moviendo las caderas, deshaciendo las sábanas entre mis dedos, apretando los muslos contra él, retorciéndome de gusto. He sentido su boca dentro de mí, saboreándome, como si yo fuera su manjar, su único alimento. Poseído. Loco. Y yo loca también, enroscando mis piernas sobre él, embrutecida, viciosa, muriéndome de gusto.

Pero se ha detenido. Mi coño estaba totalmente empapado por mis fluidos y su saliva. Palpitaba. Se movía solo. Como si no fuera mío. No lo era. Era suyo. Y él lo sabía. Entonces se ha recostado él: “Ven, siéntate sobre mí, en mi cara”. Me he puesto de pie a ambos lados de su cara. Mis muslos estaban también ligeramente humedecidos. He sentido una ligera brisa entre ellos. He cerrado los ojos. Sabía que él miraba atentamente mi coño goteante. Estaba jodidamente cachondo. Respirando con dificultad, su polla totalmente vertical, brillante. He estado tentada de clavarme sobre ella, pero no, le he hecho caso y he doblado mis rodillas sobre la cama, inclinándome sobre él, abriendo mis piernas y mi raja hacia su cara. He hecho oscilar mi cuerpo sobre su rostro, impregnado su cara de mis jugos, su lengua seguía el rastro de mi trayectoria como si fuera un puto caracol amaestrado para mi gozo. Me encanta mover las caderas de ese modo. Estoy segura de que hay algo por ahí dentro que se mueve al son de mis caderas. Tambaleándose. Pero cuando estoy cachonda se hace tremendamente patente, se menea por dentro de mí incitándome, volviéndome loca, loca, loca.

Sus labios me han besado tiernamente, mordisqueando mis labios con suavidad, sus manos han abierto mi culo palpándolo gustosas, rozando la entrada de mi ano, haciéndome caricias y más caricias, haciéndome estremecer, consiguiendo que mi piel entera se derritiera para él. Me ha puesto cerdísima. Sentía sus lamidas por mi coño una y otra vez, sintiendo al mismo tiempo sus ganas, buscando mi orgasmo, revolcándose en mi coño como un cerdo en un lodazal. Y mi coño haciéndose suyo. Totalmente. Rindiéndose a su poder. Licuándose. Doblegándose. Estábamos los dos muy excitados. Podía sentir en su boca su deseo. Podía sentir sus sentimientos, podía sentir su lujuria y el morbo que le estaba provocando esa postura, el gozo que sentía al comerme el coño de ese modo, sintiéndose usado, pervertido y perverso al mismo tiempo, contemplándome así de guarra, de sucia, de puta. Mientras me devoraba también se pajeaba. Me he inclinado para que tuviera un mejor acceso a mí. Su lengua entonces se ha quedado sobre mi clítoris. Al principio solo lo ha rozado con la punta de la lengua. Luego ha seguido una maniobra. La movía a un lado y a otro tratando de averiguar donde me provocaban más placer sus lametazos. Luego ha estado dando golpecitos en ese lado, insistente. Apenas lo rozaba. Una y otra vez. Cuando estaba próxima al orgasmo hacía presión sobre él abarcándolo con sus labios y haciendo una ligera presión con su boca en forma de O, provocándome convulsiones al sentir su cálido aliento.

Mi coño se desbordaba como un agujero en la orilla de la playa. Brotando desde dentro más y más fluidos. El sonido de su boca comiéndome el coño ha sido lo que ha terminado de provocarme. Ese ruido ha hecho que me crujiera la piel. Ese sonido metiéndose por dentro para romperse en mi cabeza. He sentido una punzada de calor dentro de mi vientre, he creído que alguien estaba apretando algo maduro dentro de mí haciéndolo reventar y ese chorro excesivo ha partido de mi clítoris expandiéndose sobre mi coño, sobre mis piernas, ascendiendo por mi columna, descendiendo hacia mi culo, atravesándolo a él. Le he follado la boca poseída por una fuerza salvaje, enorme, tremendamente conocida y deliciosa, gimiendo, voluptuosa, animalizada, perdida, casi con ganas de llorar... No he podido evitarlo. He gritado su nombre mientras me corría. Quería susurrarlo solamente pero mi garganta se ha dejado llevar por la efusividad del momento y su nombre ha chocado contra las paredes y las ventanas de ese cuarto volviendo a caer sobre mi cuerpo. No sé que ha pasado, ha sido raro, de repente he sentido que perdía la conciencia …y en cambio jamás me he sentido más consciente.

He notado algo extraño. Tenía los ojos cerrados y sentía algo oscuro debajo de mis párpados. Algo que quemaba mis pupilas dilatadas. Una luz se ha ido aproximando desde las sombras. Se ha dirigido hacia mí oscilante. Parecía un pez que llegara desde un piélago imposible. Y al encontrarse nuestras miradas nos hemos reconocido. En ese momento millones de lomos plateados nos han iluminado. Seguía sumergida entre burbujas, he podido ver su sonrisa submarina, y esa mirada que me mata y me pervierte, esa mirada suya profunda, negra, abisal, con sus ojos profundos observándome radiante, contenta, inflamada, traspasando el agua y a él, y su deseo cayendo sobre mí como una ola eterna, empapándome…

Esta mañana me he despertado mojada y sola. Despertándome a la fuerza. Dudando de si ha sido un sueño o no. Un olor inconfundible, primitivo, ancestral inundaba la habitación. Un profundo y jodido olor a sexo. Cuando me he girado para ver la hora he visto mis braguitas sobre la mesilla hechas un ovillo. He parpadeado una, dos, tres veces, las he cogido y, al abrirlas, me he dado cuenta de que había algo escrito en ellas con un rotulador rojo. Lo he leído despacito, agradecida y satisfecha. Lo he leído susurrando muy bajito su nombre.